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El Arzobispo propone un procesión magna para el segundo fin de semana de septiembre

El Arzobispo de Granada, monseñor Martínez Fernández, anunció ayer en un programa de la emisora Radio Granada, la posible celebración de una procesión magna para el fin de semana del 12 y 13 de septiembre, previa a las fechas dispuestas por el Vaticano para este tipo de actos que sirvan para agradecer el cese de la pandemia de coronavirus mundial. «Para entonces esperemos que ya se haya terminado y podamos llevarlo a cabo», señaló el arzobispo. En círculos cofrades esta determinación ha caído de manera dispar. Hay quien favorece esta convocatoria y quien la ha visto de manera desmesurada «y menos cuando aún falta mucho para que las autoridades sanitarias determinen el final de la pandemia y con todo lo que está pasando y la cantidad de fallecidos que se están produciendo diariamente», según algunos cofrades y miembros federativos consultados por esta redacción. Aún ha sorprendido más cuando la mayoría de los Obispados andaluces están pidiendo templanza y prudencia en este tipo de convocatorias y sin haber consultado con el parecer de hermanos mayores y de la propia Federación de Cofradías y hace unos días se aseguraba que no era momento de pensar en ello.

Nota de la Redacción:

ESTAMOS EN LO QUE ESTAMOS

En breves palabras se puede resumir esta propuesta arzobispal: Estamos en lo que estamos. Primero nos hemos de preocupar por salvar la pandemia, pararla, dominarla. Que nuestros sanitarios sean capaces de salvarse para salvarnos, templar la muleta de la vida y darle al virus el pase de pecho que nos permita salir de esta situación. A diario mueren muchos. Muchos de los nuestros. Vamos conociendo familiares y amigos, personas de nuestro entorno que sufren en un hospital y en algunos casos en situaciones más que lamentables. Sabemos de casos -demasiados cada día- que fallecen en la soledad de un hospital sin el calor de la mano de sus seres queridos. Sabemos de entierros en solitario sin el derecho más básico de verse rodeados del calor de la fe en la que se ha bebido desde el bautismo y que nos llevaría a la unción de enfermos y funeral con la paz y el sosiego que nos dan los brazos abiertos de Dios. Sabemos del dolor y de la incertidumbre de que muchos de los hijos de Dios que atraviesan serias dificultades para conservar la vida y para continuarla con dignidad. En estos momentos de incertidumbre y de un horizonte más que desolador, la Iglesia Universal se hinca de rodillas ante nuestro Dios para suplicar el final de una pandemia que nos entra por los ojos, pero que nadie ve; por la nariz, a la que nadie huele y por los oídos, a la que nadie escucha llegar. Son días de acudir a recursos y solidaridad, de dar, como lo están haciendo las cofradías, ejemplo de solidaridad y de misericordia. Buscan motivos con los que poder ayudar a sabiendas de que muchos son poco eficaces y tendrán escasos resultados, pero se intenta. 

No es importante el olor a incienso, por mucho que nos guste. Ni es sobresaliente la chicotá perfecta, ni esperado el solo de corneta que nos hace vibrar. Ahora, lo que importa es dejarnos llevar por la mano Misericordiosa del Señor de los Favores, de Jesús del Rescate, del Sagrado Protector, de Jesús del Amor y la Entrega, del Gran Poder de Dios, de un Jesús al que vemos Cautivo por el sufrimiento y a un Jesús Sentenciado por el ahogo y la asfixia. Es el momento de mirarlo a Él en la Oración suplicante junto al Olivo y ser nosotros también orantes no dormidos en el Huerto. Es el instante de aplaudir el Trabajo de tantos y tantos que nos ayudan a sobrevivir desde la ciencia, desde un balcón, con una sonrisa, con un guiño y con un aplauso colectivo. Es tiempo de Humildad y de Amargura para muchos; de levantarse cuando otros Caen para seguir ayudando, de Meditar, de no dejar a nadie Despojado de afecto y proximidad. Tiempo de pensar en que Jesús Nazareno está en la más absoluta soledad de una habitación de hospital en la Pasión nunca imaginada; tiempo de no aflojar la guardia y de esperar la Redención de todos y de que mañana ninguno más se va a marchar de nuestro lado. La Resurrección es nuestro fin y esta pandemia no nos puede agotar la Paciencia, mucha Paciencia, toda la Paciencia. Mirar hacia afuera es bonito, pero hoy la Esperanza no está en un desfile antológico para saciar nuestro regusto cofrade. Hoy se impone la sensatez y la templanza. La misma que nos muestra Maria a los pies de la Cruz y a la que Granada llama de las Angustias. Las Angustias que pasan muchos de nuestros vecinos sin que podamos prestarle nuestra compañía. 

Que nadie se moleste por ello. El ser cofrade lleva innato el sabor de la calle, la cera crepitar, el silencio y el sonido, la «levantá» y la «arriá», el calor del hermano antes de que crujan los goznes del portón y el pellizco ante la marcha más esperada en el rincón más oportuno. Pero también es mirar alrededor y saber que la realidad nos lleva a recordar tardes de Semana Santa de lluvia sabiendo que el cielo está despejado y que en el suelo hay muchos sufriendo que han perdido a un ser querido o que están faltos de aire en sus pulmones. Dejemos que el futuro sólo lo gobierne Dios.